Una vez que Nueva York hubo arrebatado a Chicago el título de ciudad de los rascacielos, éstos ya no pueden ser sino neoyorkinos. Antes de Nueva York sólo está Chicago; después, algunos rascacielos por aquí y por allá, pero sólo una es la «ciudad de los rascacielos», cartel merecido para la ciudad más moderna, de una modernidad aún más hiriente por cuanto vieja y decrépita, de piedra, bronce y ladrillo más que de cristal, polvorienta, por tanto, y no brillante, sino, en todo caso, refulgente de aura, aunque algo quebradiza ya, tanto arriba, en los tapones de radiador de níquel oxidado con que se rematan sus grandes edificios, como abajo, en el traqueteo chirriante de sus metros, audibles a simple vista, valga la paradoja, a través de las rejillas de las aceras de algunas de sus calles, la primera de todas, la grosera y sublime avenida Lexington. Nueva York es la ciudad de la más moderna antiqua novitas, y el Empire State Building es su símbolo, no por otra razón sino por ser el pico de su montaña. Nunca nadie creyó de veras que las insignificantes Twin Towers aventajasen en algo al Empire. [+]

Empire State